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jueves, 10 de noviembre de 2011

Que me busquen en la Academia

Hace no mucho descubrí una red social pensada especialmente para el mundo académico y de la investigación. Se llama academia.edu. No se trata de hacer propaganda de un portal (no es el facebook o el twitter de turno), pero creo que, al igual que lo es para mí, puede ser útil para muchas de las personas que pasan por la Historioteca. Digamos que es una especie de dialnet, ese  repositorio que recoge libros, colaboraciones en obras colectivas y artículos, o un google scholar, con los que quizás muchos de vosotros estéis familiarizados, pero personalizado. Es decir, que no hay un encargado de localizar tus publicaciones para ponerlas a disposición de la red sino que eres tú mismo quien tiene que subir sus trabajos para, digamoslo así, "venderse". Es ahí donde, en mi opinión, está lo bueno del sitio.

Al fin y al cabo, en nuestras carreras de lo que se trata es de dar difusión a la producción científica que con los años vamos acumulando y que muchas veces queda olvidada en la estantería de la biblioteca de la facultad, bien porque la revista que nos lo ha publicado no tiene una buena difusión o porque simplemente no llega a donde nosotros queríamos que llegase. No digo yo que no sea bueno pasearse por los congresos cargados de separatas que se van repartiendo en plan buitre, pero a lo mejor esto es más sutil.

Con Academia. edu, y eso que he empezado hace poco a utilizarlo, yo me aseguro de que buena parte de mi producción -aún tengo que dedicarle un rato- esté disponible en cualquier parte del mundo y que, quizás, alguien de California, de Perú o de Corea que esté interesado en los temas que yo trabajo, pueda conocerme, con todo lo bueno y lo malo que eso acarrea. Dejando a un lado lo negativo, que siempre hay locos en todos los foros, bien puede servir para que me llamen para una conferencia, para escribir una colaboración o simple y llanamente para que me citen. Lo cual ya es mucho. Siempre he oído decir que la historiografía española, pese a los esfuerzos para su internacionalización, es en muchos países una gran desconocida. Démosles, pues, una oportunidad para que nos conozcan.

lunes, 6 de junio de 2011

El diccionario de la RAEH

En los últimos días hemos asistido a la polemica que han suscitado algunas entradas del nuevo diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia. Se han alzado muchas voces y se han vertido muchas opiniones al respecto, por eso hoy vamos a tratar el asunto aquí.

Lo primero que hay que tener en cuenta a la hora de analizar la supuesta objetividad o imparcialidad de los historiadores es que, citando a Marc Bloch "los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres". Aplicado al tema que nos ocupa, podemos afirmar que nadie puede sustraerse completamente al punto de vista en el que le situa el momento histórico en el que vive, sus vivencias o sus creencias. Todos arrastramos ese equipaje a la hora de interpretar los hechos cuando investigamos y elaboramos las obras históricas. Ahora bien, que no podamos "desprendernos" al cien por cien de esos factores no implica que debamos interpretar tendenciosamente e intencionadamente los hechos. Eso es desvirtuar la historia, utilizarla para apoyar nuestra ideología o manipular la opinión pública. No es nada nuevo, ha ocurrido, ocurre y ocurrirá, pero el retorcer la documentación para que se adapte a nuestras hipótesis es hacer mal historia.

Siguiendo de nuevo a Bloch en su "Introducción a la Historia" al hablar de la imparcialidad dice:
"Existen dos maneras de ser imparcial: la del sabio y la del juez. Tienen una raíz común, que es la honrada sumisión a la verdad. El sabio registra, o, aun mejor, provoca la experiencia que tal vez arruine sus más caras teorías. Sea cual sea el secreto anhelo de su corazón, el buen juez interroga a los testigos sin otra preocupación que la de conocer los hechos tal como fueron. Eso es, de ambos lados, una obligación de conciencia que no se discute. Sin embargo, llega un momento en que ambos caminos se separan. Cuando el sabio ha observado y explicado su tarea acaba. Al juez, en cambio, le falta todavía dictar sentencia. [...] Durante mucho tiempo el historiador pasó por ser una especie de juez de los Infiernos, encargado de distribuir elogios o censuras a los héroes muertos."
Dicho lo cual, existen excelentes historidores de todas las ideologías. No es de eso de lo que depende su rigurosidad, sino de ser capaces de ser imparciales a la manera del sabio. Lo contrario, ser jueces, ocurre también en todas las ideologías, pero es especialmente grave cuando ocurre en instituciones como la RAEH que deberían ser una referencia en el mundo académico.
En el diccionario de la Real Academia de la Lengua una de las acepciones de dictadura es: Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente.
Eso es lo que hubo con Franco en España y el trabajo de muchos magníficos historiadores a lo largo del tiempo lo ha demostrado no con opiniones sino con hechos, con documentos y rigor.
La persona que redactó la entrada sobre Franco, retuerce el lenguaje para no utilizar la palabra, y eso es lo que se está reprobando. Que aparentemente, su vinculación con la Fundación Franco ha empañado la imparcialidad que se le debe exigir a su trabajo.
Aquí dejo una serie de links sobre el tema para quien quiera saber más:
Acto de Presentación del Diccionario Biográfico Español, elaborado por la Real Academia de la Historia
Agencia EFE (vídeo)
http://www.youtube.com/watch?v=jHD_F9OL6Ds
De Viriato al Letizia, un diccionario con todos los que son
El Norte de Castilla

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cómo se hace historia

Puede que alguno de ustedes se pregunten a veces, al ver un documental, leer una revista de divulgación o leer un blog, de dónde se saca la información que manejan los historiadores.
La cuestión es muy amplia y complicada, pero hoy queremos mostrarles un poco cómo se desarrolla la investigación histórica, desde la elaboración de las primeras hipótesis, hasta la publicación de los resultados, culminación de cualquier investigación.
Cuando uno empieza a plantearse comenzar una investigación lo primero que hay que hacer es consultar la bibliografía existente. La cuestión de la bibliografía es siempre espinosa, ya que no siempre es fácil abarcarla toda, valorar su interés,  tener acceso a libros o artículos publicados en otros países, o publicados hace tiempo y difíciles de encontrar.
Con el estudio de la bibliografía uno empieza a hacerse una idea de qué se ha hecho hasta el momento, cómo se ha abordado la cuestión, qué tipo de documentación se ha utilizado y nos ayuda a plantearnos nuevos interrogantes.
A continuación comienza el trabajo en archivo y bibliotecas, aunque simultáneamente se siga consultando bibliografía que pueda ir resultando interesante, bien porque sea nueva, bien porque la propia investigación nos vaya llevando hacia otros campos bibliográficos.
Ir a un archivo es como se explicaba aquí, ir de pesca. O como decía la madre de Forrest Gump, uno nunca sabe qué le va a tocar en la caja de bombones. Normalmente los archivos cuentan con guías o catálogos que sirven para saber qué tipo de documentación se custodia. La ayuda de los archiveros suele ser también muy importante porque conocen de primera mano la documentación. Pero no todos los archivos están bien organizados, en muchos casos por falta de medios, y no se sabe a ciencia cierta qué hay y qué no, o no permiten el acceso a los investigadores. Por ejemplo, los archivos de algunas familias nobles o de conventos o monasterios, por ser de titularidad privada están cerrados al público y su acceso denegado. Sólo el “encanto personal”, el “ganarse”  a las monjas o persona encargada, puede conseguir que se abran las puertas del archivo.
Una vez allí, se inicia la consulta de la documentación. Dependiendo del tema y la fuente, surgen dificultades diversas: se puede tratar de documentación bien conservada, catalogada, sin lagunas, por lo que el problema es la inabarcabilidad. La imposibilidad de leer todo el material disponible. Esto suele ocurrir con la documentación de tipo administrativo. En el otro extremo, puede que necesitamos encontrar datos precisos sobre un tema muy concreto y la dificultad en ese caso radica en tener la “suerte” de encontrar lo que buscamos, y en verdad, la fortuna juega un papel importante en estos casos.
Pero supongamos que hemos encontrado la documentación y la hemos consultado. En ese momento es cuando hay que tener presente qué tipo de preguntas queremos hacerle a la documentación y qué nos puede decir esa documentación.
Por ejemplo, si nos interesa conocer la difusión y consumo de libros en una zona concreta en un momento concreto, una de las fuentes interesantes podría ser los inventarios de bienes de difuntos. Es un tipo de documentación notarial, en la que se daba fe de los bienes que dejaba una persona al fallecer, entre otras cosas para que los herederos pudieran ejercer sus derechos. En estos inventarios pueden aparecer los libros que el difunto tenía en su biblioteca. Hasta aquí todo parece sencillo, pero hay que hacerse algunas preguntas: primero no podemos asegurar 100% que el difunto sólo tuviese esos libros, porque hubiera regalado algunos, los hubiese prestado o se “perdieran” en algún momento entre el fallecimiento y el levantamiento del acta. Segundo, que el dueño tuviese esos libros no significa necesariamente que los hubiese leído (y si no, sean sinceros y piensen si han leído todo lo que tienen en casa).Tercero, puede que no todos los libros los hubiera comprado el difunto, o perteneciesen a diferentes miembros de la familia… y así sucesivamente habría que interrogarse sobre los datos que vamos obteniendo para aproximarnos lo más posible a la realidad, en nuestro ejemplo, de qué libros se leían, quién los tenía y cuál era su difusión.
A todo lo anterior, hay que sumar, la que para mí es siempre la mayor dificultad. En química si uno mezcla A+B esperando que salga C y no es así, sino que se obtiene D, puede que sea un mal resultado, pero es un resultado. En nuestro caso, que no encontremos la documentación, no significa que no haya existido, sólo que no la hemos encontrado, lo cual no es ningún resultado: se ha podido perder, destruir, cambiar de ubicación,  no haber existido o simplemente no hemos buscado bien. Y además, por muy meticuloso que uno sea, tampoco se puede asegurar nunca que se ha consultado toda la documentación existente, siempre puede aparecer en algún sitio algo que no conociéramos.
Dejamos para otro día la subjetividad de las fuentes, otro de nuestros quebraderos de cabeza.
Así que, hacer historia es bastante más complicado que leer papelotes viejos, la capacidad de ser crítico con uno mismo y con las fuentes es fundamental, difícil de aprender y que suele marcar la diferencia entre los grandes historiadores y los demás.

jueves, 27 de enero de 2011

La Princesa de Éboli: haciendo historia

Si en el post anterior hablábamos del trabajo en el archivo de manera metafórica, hoy les ofrecemos un ejemplo de cómo se hace HISTORIA.

Esta semana he asistido a un seminario impartido por el profesor Trevor Dadson del Queen Mary de Londres en el que nos ofreció las últimas novedades de su investigación y que yo escuetamente les voy a transmitir. 
Por tanto, la información que aparece en este post es inédita.

El profesor Dadson comenzó hace más de 30 años a estudiar la poesía de Diego de Silva, un poeta del Siglo de Oro español. Diego era el hijo favorito de la Princesa de Éboli. A partir del estudio de su poesía, se fue interesando además por su vida, y buscando en Archivo Histórico Nacional (AHN) información sobre Diego, encontró, por casualidad, en el fondo Osuna (que, para los que no lo sepan, es un fondo compuesto por unos 9000 legajos poco o mal catalogados, o sea, inabarcable e imposible de trabajar sistemáticamente) 2 memoriales desconocidos de la Princesa de Éboli y comenzó a interesarse más por ella.

Más adelante hablando con una colega, se dieron cuenta de que ambos tenían mucha información sobre Doña Ana de Mendoza que estaba inédita y de ahí nació el proyecto de publicar todos los documentos que llevasen la firma de la Princesa. No los que hablasen de ella, sino los que ella misma escribió o los que mandó redactar y firmó de su puño y letra.
Al comienzo de la investigación se conocían unos 47 documentos entre cartas y documentos notariales. Hoy la cifra se eleva a 420.

La búsqueda por diferentes archivos y bibliotecas ha sido titánica, y aún quedan cartas que se sabe que existen pero no se sabe dónde están. En cualquier caso el resultado es fabuloso.
De una cifra ínfima a una ingente. Y lo que es más importante: cambia sustancialmente la imagen que se tenía de ella. Así se hace la historia.

La Princesa de Éboli, Doña Ana de Mendoza 1540-1592 (más datos de la imagen tradicional aquí)  pertenecía a una de las familias más importantes de la Castilla del siglo XVI. Muy joven se casó con Ruy  Gomez de Silva y tuvo seis hijos. Era muy guapa y muy culta, y su rasgo característico era el parche que llevaba en su ojo derecho, que perdió o se dañó de niña.
Hasta la muerte de su marido se puede decir que su vida transcurrió apaciblemente, pero al quedarse viuda con seis hijos las cosas cambiaron radicalmente para ella. Tuvo que defender su posición y la de sus hijos de los que querían, aprovechando la debilidad jurídica y social de una mujer sola, hacerla a un lado.

Pero la Princesa es conocida por su supuesto affaire con Antonio Pérez, secretario de Felipe II y su supuesta participación en la muerte de Juan Escobedo, tema del que hablamos aquí. Fue encarcelada en 1579 por orden de Felipe II, que actuó contra ella con una dureza inusitada y vivió recluida para el resto de su vida.
La literatura, el cine y la televisión se han ocupado de su figura, pero distorsionando la realidad o apegándose a clichés trasnochados. El último ejemplo es la miniserie que Antena 3 le dedicó, donde el rigor era tan escaso que aparecía con el parche en su ojo izquierdo en lugar de en el derecho.

Ana de Mendoza por Sofonisba Anguissola

Belén Rueda en la serie de Antena 3
Con la nueva información que aporta Trevor Dadson, ahora sabemos que mantuvo durante muchos años una muy buena relación con Juan de Escobedo, por lo que es difícil de creer que tuviera algo que ver con su muerte. También es muy improbable que mantuviera ningún tipo de relación amorosa con Antonio Pérez, ya que no existe ningún documento que apoye este rumor, ni siquiera sus múltiples enemigos hicieron nunca referencia a ello.

Fue una excelente administradora de sus bienes y de los bienes de sus hijos. A pesar de que al quedarse viuda no tenía ni idea de llevar las cuentas, fue aprendiendo poco a poco y movió adecuadamente su dinero para no caer en la ruina.
Doña Ana a través de sus cartas se muestra como una mujer muy orgullosa, muy consciente de la grandeza de ser una Mendoza y con un carácter muy fuerte.
Existen documentos que aluden a lo malhablada que era y de cómo se expresaba con palabras malsonantes en sus cartas.

La relación con su padre fue muy conflictiva. No se aguantaban. Su padre, al parecer, era muy mujeriego y Ana no podía soportar que estando ella y su madre, metiera a sus amantes en casa. La Princesa era hija única y por tanto heredera de la fortuna familiar. Para intentar evitar que esto ocurriera, nada más quedarse viudo, su padre volvió a casarse con una muchacha mucho más joven con el único propósito de tener un hijo y poder desheredar a Ana. Como venganza, ella se dedicó a propagar por la Corte el rumor de que su padre había fallecido, lo que encolerizó a su padre que dejó de cobrar algunas  rentas porque sus deudos le creían muerto.

Sin embargo, el enigma que queda por resolver, y posiblemente nunca se resuelva, es por qué Felipe II fue tan duro con ella, mucho más que con Antonio Pérez, y por qué nunca la perdonó.
Todo lo anterior es sólo un aperitivo de lo que aparecerá en la biografía que está preparando Trevor Dadson y que será una obra que, finalmente, estará a la altura de Doña Ana de Mendoza.