lunes, 5 de diciembre de 2011

La marital corrección

Hace alguna semana se celebró el día contra la llamada violencia de género. Últimamente me he tenido que dedicar a este tema por el trabajo y por eso me parece oportuno dedicar un post al asunto.
A veces por lo que se oye en la prensa se podría pensar que el auge de la violencia contra la mujer es un producto del movimiento feminista que comenzó a mediados del siglo pasado. Que como las mujeres han ido reclamando cada vez mayor "libertad" e independencia en sus parejas el hombre se ha sentido amenazado y ha utilizado la violencia para tratar de volver a tener el control. No soy ni antropólogo ni sociólogo, así que no sé hasta qué punto estas afirmaciones son ciertas, pero desde luego no lo explican todo.

La violencia contra la mujer se remonta hasta la antigüedad, como bien analiza y explica Antonio Gil Ambrona en su libro Historia de la violencia contra las mujeres, pero en esta ocasión voy a ocuparme sólo de algunas cuestiones que documentamos desde la Edad Media. La "marital corrección" es un concepto legal, que en la práctica significaba que un marido estaba legitimado para usar la violencia contra su mujer con el objetivo de corregir conductas equivocadas o "domar" a esposas díscolas. Se creía que igual que a los animales o a los niños, unos golpes a tiempo ayudaban a solucionar los problemas de comportamiento. La brutalidad en el uso de la fuerza era lo que no se consideraba correcto, pero era difícil estipular qué era brutalidad  y qué no. Algunos uxoricidas fueron declarados inocentes de la muerte de sus esposas porque alegaron que tratando de corregirlas, accidentalmente se habían excedido en el uso de la fuerza.

Si en materia legal las cosas estaban así, en cuanto a los moralistas de la época las cosas no eran muy diferentes. Por ejemplo, Erasmo en una de sus obras dedicada al matrimonio, escribió el Coloquio Mempsigamos, en el que Eulalia una feliz casada y Xantipe una mujer que sufre un matrimonio desgraciado hablan acerca de las claves para tener un matrimonio dichoso. Entre los consejos que Eulalia da están:  el sufrirle mejor como es que tratar de cambiarlo con “nuestra reciura”, y si se trataban de cambiar comportamientos adúlteros o violentos, sería mejor hacerlo por medio de la virtud y el sufrimiento.
Del mismo modo en la obra de Luis Vives el mensaje es el mismo. La mujer es la responsable de que haya armonía en su casa y por tanto las reacciones violentas del marido se deben siempre a errores, mal comportamiento o excesos de la mujer.

Pero los ejemplos datan de mucho antes. Ya en las Confesiones de San Agustín podemos encontrar el modelo de mujer sacrificada en la figura de su madre, Santa Mónica, que, a pesar de sufrir a un “marido feroz”, después del contrato del casamiento en el cual mujeres se hacían cuasi siervas, deberían ellas de pensar en su estado y condición y acordarse de su suerte, no ensorbeciendo contra sus maridos las que tomaban sus consejos y experimentaban lo que ella, alegrábanse; y las que no, eran maltratadas y sujetas.

A la dificultad que las mujeres experimentaban para denunciar el problema, se unía que, al producirse la comisión del delito en el domicilio conyugal, y por tanto en la esfera privada, este tipo de crímenes se dotaban de un carácter especial, por lo que los jueces en muchas ocasiones entendían que no debían interferir. Se trataba de un asunto familiar y por tanto la protección a las mujeres ante la violencia que sufrían en sus hogares era muy difícil de obtener.

Los uxoricidios y los delitos que se producían dentro del hogar, suponían un dilema en sí mismos para el sistema. En el Antiguo régimen el mantenimiento del orden social era uno de los pilares que sustentaban un sistema político no igualitario en el que la monarquía se situaba en el vértice de la pirámide social y política.


Este tipo de crímenes provocaba un conflicto que enfrentaba por un lado la preeminencia del poder real y sus instituciones sobre todos los súbditos y por otro, la autoridad del padre de familia sobre los miembros de la misma, que tenía su origen en las leyes divinas y el derecho natural.


Los jueces debían mantener un equilibrio muy delicado entre ambos derechos. Según la teoría política del momento la figura del monarca se podía asimilar a la del pater familias, por tanto, se hacía necesario determinar si el uxorocida había actuado dentro de los límites del derecho divino y natural que le otorgaban su autoridad, o se trataba de un hombre que había cometido un crimen dentro del ámbito familiar. La cuestión no era en absoluto baladí, puesto que la autoridad del padre de familia era concebida como soberana y natural, lo mismo que la del monarca, y por tanto, y siempre según este derecho, en teoría sólo debería rendir cuentas a Dios.Si esa autoridad era cuestionada, lo podría ser también la del rey y con ello el orden social existente.


Además, también hay que tener en cuenta la problemática que desde el punto de vista religioso entrañaban esta clase de delitos. El matrimonio como sacramento y por tanto vínculo indisoluble, cuyo fin último era que ambos cónyuges alcanzaran la salvación, se tambaleaba como concepto en el momento en que la mujer era asesinada por su marido, quien se supone que se debía encargar de protegerla y llevarla por el buen camino.


El matrimonio era en estos momentos una institución que cumplía con un papel fundamental, el de proveer súbditos a la Corona, socializar la jerarquía en su dimensión sexual y colaborar con el proyecto sociopolítico de la corona, en el que el orden social y la jerarquía eran pilares fundamentales. 


Si les parece interesante el tema, en otro post trataremos de las separaciones y sus entresijos

jueves, 17 de noviembre de 2011

Hoy vengo a hablar de mi libro (II)

Hoy soy yo el que presenta libro. Se titula El Papado y la Guerra de Sucesión española y es el resultado de años de trabajo en archivos de Madrid, Roma y Viena. Lo acaba de publicar la editorial Marcial Pons.

En sus páginas estudio las relaciones del papa Clemente XI (1700-1721) con los dos rivales en la lucha por la corona de España, el duque de Anjou –para unos, Felipe V- y el Archiduque –para otros, Carlos III-. En la introducción comento que la frontera que separa el poder terrenal del espiritual ha sido casi siempre para el Papado borrosa y permeable, y es precisamente esa delgada línea lo que me ha llevado a ocuparme de la política internacional de la Santa Sede en un periodo especialmente conflictivo en el Occidente Católico. Al fin y al cabo, es un trabajo que pretende indagar en el choque que se produjo entre la Santa Sede, preocupada por recuperar la centralidad que el factor religioso había ido perdiendo en el siglo XVII, y los intereses de los grandes poderes de Europa con la Guerra de Sucesión como telón de fondo. Quizás se explique mejor en la contraportada:

Al término de la Guerra de los Treinta Años, la Santa Sede sufrió una profunda crisis que acabó con la centralidad que hasta entonces había disfrutado en la escena política internacional. En los tratados de paz que siguieron al conflicto la razón de Estado se impuso al factor religioso como base de la negociación diplomática y el ideal católico del Papado como eje director de Europa quedó relegado a un segundo plano. No fue hasta 1700 en que la crisis dinástica de la Monarquía de España brindó al papa Clemente XI la posibilidad de revertir esta situación y convertirse en Padre Común en una contienda en la que sus «hijos», tanto el archiduque Carlos como Felipe V, procuraban su reconocimiento para convertirse en el verdadero «Rey Católico». Esta obra indaga en las razones del fracaso de la empresa pontificia en la Guerra de Sucesión española y demuestra el creciente distanciamiento entre los postulados de la Sede Apostólica y los de una Europa en la que la religión estaba cada vez más lejos de ser un elemento determinante en el orden internacional.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Que me busquen en la Academia

Hace no mucho descubrí una red social pensada especialmente para el mundo académico y de la investigación. Se llama academia.edu. No se trata de hacer propaganda de un portal (no es el facebook o el twitter de turno), pero creo que, al igual que lo es para mí, puede ser útil para muchas de las personas que pasan por la Historioteca. Digamos que es una especie de dialnet, ese  repositorio que recoge libros, colaboraciones en obras colectivas y artículos, o un google scholar, con los que quizás muchos de vosotros estéis familiarizados, pero personalizado. Es decir, que no hay un encargado de localizar tus publicaciones para ponerlas a disposición de la red sino que eres tú mismo quien tiene que subir sus trabajos para, digamoslo así, "venderse". Es ahí donde, en mi opinión, está lo bueno del sitio.

Al fin y al cabo, en nuestras carreras de lo que se trata es de dar difusión a la producción científica que con los años vamos acumulando y que muchas veces queda olvidada en la estantería de la biblioteca de la facultad, bien porque la revista que nos lo ha publicado no tiene una buena difusión o porque simplemente no llega a donde nosotros queríamos que llegase. No digo yo que no sea bueno pasearse por los congresos cargados de separatas que se van repartiendo en plan buitre, pero a lo mejor esto es más sutil.

Con Academia. edu, y eso que he empezado hace poco a utilizarlo, yo me aseguro de que buena parte de mi producción -aún tengo que dedicarle un rato- esté disponible en cualquier parte del mundo y que, quizás, alguien de California, de Perú o de Corea que esté interesado en los temas que yo trabajo, pueda conocerme, con todo lo bueno y lo malo que eso acarrea. Dejando a un lado lo negativo, que siempre hay locos en todos los foros, bien puede servir para que me llamen para una conferencia, para escribir una colaboración o simple y llanamente para que me citen. Lo cual ya es mucho. Siempre he oído decir que la historiografía española, pese a los esfuerzos para su internacionalización, es en muchos países una gran desconocida. Démosles, pues, una oportunidad para que nos conozcan.

jueves, 6 de octubre de 2011

Cada uno puede salvarse en su ley

En parte debido a la leyenda negra, en parte porque obedece a la realidad, en la actualidad se tiene la imagen de que durante la Edad Moderna en la la Monarquía Hispánica imperaba el fanatismo religioso católico, a diferencia del resto de Europa donde la libertad religiosa empezaba a ser un hecho.

Esta idea, que como decimos, contiene parte de verdad, no refleja al completo la realidad, y se ha ido superando con el tiempo, sobre todo en lo que se refiere a la segunda parte del enunciado. Por ejemplo, la caza de brujas en centroeuropa fue un fenómeno mucho más extendido que en la península. La cantidad de mujeres quemadas o ejecutadas por ese motivo en la Monarquía Hispánica está muy lejos de las cifras alcanzadas en otros países.

La primera parte es, sin embargo, no ha sido apenas matizada a lo largo del tiempo. La Inquisición, los autos de fe, la expulsión de judíos y moriscos... son prueba fehaciente de una especie de intolerancia consustancial a la península Ibérica. Es por eso, porque hasta ahora se ha tratado poco, que es tan interesante la propuesta que el profesor de Yale Stuart B. Schwartz hace en su libro Cada uno en su ley. 

Dice el autor en la introducción, al hablar de cómo surgió el libro:
Mientras trabajaba con documentos de la Inquisición española sobre las ideas en torno a la sexualidad en España y sus colonias, comencé a encontrar casos de sujetos cuyas actitudes se parecían bastante a las de Menocchio (Menocchio fue un molinero del Friuli protagonista del libro de Carlo Ginzburg El queso y los gusanos. Menocchio fue juzgado por la Inquisición por sus ideas heréricas y una de ellas era que la salvación era posible en cualquier religión porque Dios nos ama a todos). La mayoría de ellos era gente común, aunque no faltaban de vez en cuando clérigos y hombres de letras que mostraban algún relativismo religioso y cierta tolerancia, a menudo condensados en una expresión común: "cada uno se puede salvar en su ley". Me pregunté cómo era posible que este tipo de actitudes tuviese expresión en la España y Portugal modernos, considerados el ejemplo clásico del empeño por imponer la ortodoxia dentro del absolutismo contrarreformista.

Estas personas nunca fueron una mayoría, ni constituían un grupo organizado o una corriente de pensamiento estructurada, eran, simplemente, personas que tenían dudas, que frente a la ortodoxia impuesta por la jerarquía religiosa y el estado, se mostraban dubitativos en algunos aspectos.

La cuestión de la salvación era crucial desde la edad Media y la máxima preocupación entre la población. Cito de nuevo a Schwartz: La repetición constante del dicho "Dios quiere que cada uno en su ley se salve", parecía ser, a primera vista, fruto del sentido común y una forma popular de entender la diversidad de credos que había en el mundo. La cuestión de la salvación, de hecho, tuvo una enorme importancia dentro de la cristiandad primitiva y fue objeto de arduos debates entre los teólogos de la época medieval. Si Dios era una fuerza omnipotente de cuya gracia la humanidad, a pesar de sus pecados, podía ser redimida, la pregunta era saber cómo esa concepción de la omnipotencia divina se conciliaba con la idea de que la salvación sólo era posible dentro de la Iglesia. ¿Acaso una divinidad todopoderosa no podía salvar a quien quisiese? Por otros lado, si la salvación sólo se alcanzaba a través de Cristo y de su Iglesia, cabía concluir que Dios había condenado intencionadamente a muchas buenas almas al fuego eterno. ¿Qué sucedía con los niños que morían antes de ser bautizados, con los hombres y mujeres dignos de admiración que vivieron en los tiempos antiguos (antes de Cristo), o con quienes, habitando tierras lejanas, nunca habían oído hablar de Cristo? En ocasiones, los cristianos se vieron en la necesidad de tener que explicar por qué Dios habría esperado tanto tiempo para enviar a su Hijo, condenando así a muchas generaciones para la eternidad, o por qué habría creado a tanta gente fuera de la Iglesia. Con todo, la cuestión quizá más problemática era entender la razón por la cual un Dios justo condenaba al Infierno a sujetos que llevaban una vida buena y honesta, acorde con las leyes naturales que Él mismo había dado a todos los hombres, aunque viviesen al margen de la fe cristiana. Como dijo un converso en España "Dios no hizo bien su oficio haciendo algunos moros, otros judíos y otros cristianos".

El libro aborda cómo la Iglesia fue dando respuesta a estos interrogantes, cómo se fueron planteando otros con la llegada al continente americano y el descubrimiento para los eurpeos de su población y cómo el mensaje oficial tuvo respuesta entre la población.

En una sociedad donde durante mucho tiempo habían cohabitado personas de diferentes credos hacía que, por ejemplo, hubiera personas que dudaran de que su vecino morisco que llevaba una vida buena y honrada tuviese necesariamente que condenarse. El uso que se hizo de la Inquisición como herramienta de control social, en el que se animaba a la gente a delatar a sus vecinos, ofreciendo una oportunidad de oro para saldar cuentas pendientes, es una de las razones de que la gente fuese cada vez más prudente a la hora de manifestar públicamente esas dudas, pero la documentación inquisitorial que ha estudiado el profesor Schwartz muestra que los disidentes existían también en este caso, aunque fuesen siempre una pequeña minoría.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Jornada sobre Miguel Servet

Mañana 22 de septiembre en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza se celebrará la Jornada
Tolerancia e intolerancia en la Edad Moderna (A propósito del centenario de Miguel Servet)

Se darán cita en ella especialistas en la materia tanto españoles como extranjeros. El programa se puede ver en el link y la entrada es libre.